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domingo, 16 de septiembre de 2012
Las Manos de Dios
No carecen de significado las situaciones experimentadas y vividas. De todo queda un aprendizaje. Las cosas no suceden al azar. Indisolublemente tienen un por qué.
Es difícil aceptar los propósitos intangibles o incomprensibles, en la faena del diario acontecer; sea cual fuere el trabajo o el oficio desempeñado. Los roles son infinitos. Nuestra comprensión pocas veces alcanza satisfacer las expectativas que se espera de nosotros. En ocasiones por no comprenderlas y en otras por desconocerlas.
Se entretejen los destinos como una superautopista o un gigantesco distribuidor vial e inadvertimos el proyecto de Dios. Cada cual tiene una tarea y es colocado en la función específica para asumir con o sin su conciencia un proyecto en el engranaje de la vida. Unos lo acatan con entereza sin descubrirlo, otros se encabritan y hay quienes tienen conciencia de ser la mano de Dios y se deleitan en cumplirlo para cuando les corresponda ver su rostro.
Para muchos, la vida es vacuidad; pocos meditan sobre la suerte y la abundancia, la salud, la alegría y la tristeza. Como un diploma en el que se invierten largos años, paro luego no desempeñar la profesión. La vida es una carrera donde se obtiene un certificado de cuyas experiencias y desempeños nos harán sentir orgullosos, vanidosos o serenos de conciencia para cruzar un portal con un semblante sonriente.
Nos moldeamos o nos dejamos moldear. Rechazamos la tarea del destino o cabalgamos sobre él. Negamos la existencia del destino o forjamos el que deseamos, sin percibir que ya está marcada alguna asignación especial del hacedor del universo.
El entramado de la vida, cosa difícil de entender; doloroso parto aceptar los reveses; estéril sollozo ante lo inevitable; radiante gesto ante lo posible y gustoso alborozo remediarlos.
Somos la creación de Dios y Él se hace presente entre nosotros con sus actos por nuestras manos. Constituimos los instrumentos para cumplir los designios del altísimo.
Afortunados o desgraciados; unos son la posibilidad de los otros; la simbiosis hace el equilibrio o intenta lograrlo.
Encontramos o pedimos, buscamos o rogamos; nos vienen sin esfuerzo o sudamos para hallarlos. Cada quien desde sus talentos o desde sus miserias, ignora al Señor de los cielos o eleva una ofrenda por su suerte o su destino.
Abogado
crisantogleon@gmail.com
jueves, 2 de agosto de 2012
Con Aroma de Romero
No he sabido del primero y no tengo información que en toda la historia de la humanidad haya ocurrido un caso donde a alguien se le inhume ni con sus títulos nobiliarios, ni con sus títulos académicos.
“Si pensáramos durante todo el tiempo que permaneceremos muertos, fuéramos mejores personas el poco tiempo que permaneceremos vivos”. Traigo a colación este pensamiento de mi autoría en ocasión a los despropósitos de quienes haciendo alarde de su posición circunstancial en cualquier esfera del ámbito social o académico, se enseñorean de tal manera que parecieran sin hechura de imperfección.
Evoco al “Poberello de Asís”, Francisco de Asís, quien de joven renunció a sus títulos nobiliarios y a la herencia paterna para vivir en extrema pobreza y sacrificio en adoración a Dios y en provecho de sus hermanos. No es que con este ejemplo quiera motivarlos a la santidad que sería el mejor camino para la salvación, solo hago referencia a Francisco como quien sin alarde de sus acervo hereditario, de riqueza y de alcurnia, adoptó una vida humilde de comprensión y de amor hacia su prójimo.
Quienes hayan tenido, tienen o tendrán la posibilidad de lograr en la vida alguna posición que les coloque eventualmente en mejores condiciones que otro u otra, se cual fuere el nivel o el aspecto sobre el que manejen alguna potestad, cabe evaluarse la conducta al tiempo de ejercer esas atribuciones, pues es allí el instante de demostrar que luchan por obtener una sensibilidad más evolucionada, una visión más cónsona con el poco tiempo que han de permanecer vivos sobre el planeta. Momento de evaluar el proceder propio con nuestros hermanos, sin ínfulas, ni soberbia, ni postín.
Ciertamente el hombre y la mujer con una visión de futuro enrumban su destino para la consecución de metas que le permitan elevar su nivel de vida y buscar calidad de vida. Pero una vez logrado o en la carrera para obtenerlo, no debemos ser, ni soberbios, ni inflarnos como pavo reales, ni exhibir vanidosamente con jactancia y prepotencia en nuestro “momento de poder” el monstruo de la pedantería.
En la vida, nos encontramos con gente que no lograr vislumbrar su propia
personalidad y se sienten justificados con hacer lo que hacen porque su “nivel” se los exige y en ello se convierten en “hediondos o hediondas”. A quienes solo se les acercan personas por razón de educación o porque no hay otro remedio, pero que no tiene ascendencia afable ni en el corazón ni la mente de quienes deben por obligación aproximárseles.
La relación endogámica que finalmente lleva a la degeneración biológica y que a manera de ejemplo coloco para ser más gráfico; que es igual a la llevada consigo misma por la persona que no logra entender que en la vida estamos de paso y que es preferible que nos sigan las bendiciones de la gente en vez de los anatemas; culmina igualmente en una degeneración donde mira a todos por encima del hombro, de soslayo, en vez de aprovechar su existencia para aproximarse al alma humana.
Con aroma de Romero cada Francisco, que sin llamarse imperiosamente como el Poberello de Asís pero que igual desarrolla una vida de hermandad y de trabajo, sin jactancia ni prepotencia es el ejemplo más franco de humildad.
Crisanto Gregorio León
Abogado
crisantogleon@gmail.com
domingo, 6 de mayo de 2012
Nadie te pidió que lo hicieras
Crisanto Gregorio León
Con certeza usted ha escuchado alguna vez esta expresión, “nadie te pidió que lo hicieras”. , o alguien se la ha empuñado en su rostro como un argumento para desconocer su bondad o su buena acción.
Esa satisfacción espiritual que se siente en hacerle bien a alguien, pretende ser nublada con un verbo vejatorio e ingrato.
Y es que la persona desagradecida carece en su mente y en su corazón de los ingredientes necesarios para dimensionar la grandeza del espíritu de quien realiza gestos de amor y de entrega hacia ella. El desagradecido tiene un corazón sin memoria.
Para la soberbia del desagradecido, lo que haga el otro o la otra en su bien no tiene ningún valor y para nada cuenta; si no quiere reconocer que alguien le ha hecho favores o continuamente se ha amparado en los gestos y actos de amor de un benefactor.
No está bien desdeñar de las personas de quienes recibimos el bien, pues toda esa bondad que nos entregan y nos prodigan; con toda la energía divina que ellas comportan, podrían agitarse peligrosamente en nuestra contra como castigo por la maldad de un corazón desagradecido.
Si bien la manifestación del amor cristiano, ha de hacerse sin pedir nada a cambio; tampoco es justo que quien hace el bien, reciba de vuelta un acto de crueldad. Por eso ante el olvidadizo corazón del desagradecido bien vale la pena presentarle la lista de lo que ha recibido, de lo que ha aprovechado y de lo que se ha servido; y que acomodaticiamente quiere desconocer; para por lo menos estremecerle su alma, a ver si se salva; pues de desagradecidos está lleno el infierno.
De igual modo, cuando se hace el bien, o se conceden favores; estos deben caracterizarse por la buena deposición del ánimo en la entrega y en la acción, para que su manifestación esté invadida de buenas energías; pues no se agradece lo que se hace de mala gana o con el corazón lleno de hiel. Eso no merece agradecimiento, porque no se hace con amor sino con odio.
También "Es muy común recordar que alguien nos debe agradecimiento, pero es más común no pensar en quienes le debemos nuestra propia gratitud" Johann Wolfgang Goethe.
Ciertamente los favores no se hacen para que se agradezcan, sino por la convicción y la bondad del corazón, pues el favor pierde su esencia cuando el interés malsano lo impulsa. Pero tampoco hay que ser mal agradecido y devolver mal por bien. Muchas veces la gente recibe el favor de alguien y le devuelven desagradecimiento y hasta traición.
Un pensamiento de Martín Luther King recoge parte de este comportamiento humano: “Nada se olvida más despacio que una ofensa; y nada, más rápido que un favor”.
Abogado
crisantogleon@gmail.com
Crisanto Gregorio León
Con certeza usted ha escuchado alguna vez esta expresión, “nadie te pidió que lo hicieras”. , o alguien se la ha empuñado en su rostro como un argumento para desconocer su bondad o su buena acción.
Esa satisfacción espiritual que se siente en hacerle bien a alguien, pretende ser nublada con un verbo vejatorio e ingrato.
Y es que la persona desagradecida carece en su mente y en su corazón de los ingredientes necesarios para dimensionar la grandeza del espíritu de quien realiza gestos de amor y de entrega hacia ella. El desagradecido tiene un corazón sin memoria.
Para la soberbia del desagradecido, lo que haga el otro o la otra en su bien no tiene ningún valor y para nada cuenta; si no quiere reconocer que alguien le ha hecho favores o continuamente se ha amparado en los gestos y actos de amor de un benefactor.
No está bien desdeñar de las personas de quienes recibimos el bien, pues toda esa bondad que nos entregan y nos prodigan; con toda la energía divina que ellas comportan, podrían agitarse peligrosamente en nuestra contra como castigo por la maldad de un corazón desagradecido.
Si bien la manifestación del amor cristiano, ha de hacerse sin pedir nada a cambio; tampoco es justo que quien hace el bien, reciba de vuelta un acto de crueldad. Por eso ante el olvidadizo corazón del desagradecido bien vale la pena presentarle la lista de lo que ha recibido, de lo que ha aprovechado y de lo que se ha servido; y que acomodaticiamente quiere desconocer; para por lo menos estremecerle su alma, a ver si se salva; pues de desagradecidos está lleno el infierno.
De igual modo, cuando se hace el bien, o se conceden favores; estos deben caracterizarse por la buena deposición del ánimo en la entrega y en la acción, para que su manifestación esté invadida de buenas energías; pues no se agradece lo que se hace de mala gana o con el corazón lleno de hiel. Eso no merece agradecimiento, porque no se hace con amor sino con odio.
También "Es muy común recordar que alguien nos debe agradecimiento, pero es más común no pensar en quienes le debemos nuestra propia gratitud" Johann Wolfgang Goethe.
Ciertamente los favores no se hacen para que se agradezcan, sino por la convicción y la bondad del corazón, pues el favor pierde su esencia cuando el interés malsano lo impulsa. Pero tampoco hay que ser mal agradecido y devolver mal por bien. Muchas veces la gente recibe el favor de alguien y le devuelven desagradecimiento y hasta traición.
Un pensamiento de Martín Luther King recoge parte de este comportamiento humano: “Nada se olvida más despacio que una ofensa; y nada, más rápido que un favor”.
Abogado
crisantogleon@gmail.com
sábado, 26 de noviembre de 2011
¿Gente invisible?
Crisanto Gregorio León
Cuando miramos algo o a alguien, somos capaces de apreciar la presencia de otros objetos o personas que están alrededor, sin necesidad de modificar la dirección inicial de la mirada. Todos estos detalles que podemos captar simultáneamente manteniendo la fijación en un punto determinado, están comprendidos en un espacio que denominamos campo visual.
La amplitud del campo visual se mide en grados y se realiza a partir del punto de fijación. Hacia el lado nasal se extiende unos 60º, hacia el lado temporal alrededor de 90º, la porción superior se extiende alrededor de 60º, y la inferior unos 70º. Estas medidas pueden sufrir modificaciones en función de las peculiaridades anatómicas de cada cual.
La sensibilidad visual es mayor en la porción central del campo visual, este punto de máxima agudeza visual se corresponde con la fóvea que es la parte del ojo que permite la visión en detalle y va disminuyendo en la medida que se aleja de ella a zonas más periféricas
Si comparamos el campo visual con una colina situada en una isla, la porción más alta se correspondería con la fóvea y al descender hacia la orilla nos acercamos a zonas más periféricas, hasta que llegamos al mar que será el límite del campo visual. Por esta razón pequeños objetos situados sobre la cima de la colina o cerca de ella, se verán con mayor nitidez, y mientras más nos alejamos de la cima, mayor deberá ser el tamaño de los objetos, para que puedan ser percibidos.
A pesar de producirse una percepción simultánea de los objetos o de las personas en ambos campos visuales, estos se verán como únicos, gracias a la perfecta superposición de las áreas correspondientes de ambas retinas, determinando la binocularidad y la estereopsis o proceso dentro de la percepción visual que lleva a la sensación de profundidad.
Habida consideración de esta sencilla explicación de campimetría, es absolutamente imposible que no veamos a las personas que están dentro de nuestro campo visual y pretendamos sentirnos orgullosos de nuestra conciencia cuando ignoramos a quienes día a día nos tropezamos en nuestro mundo.
No son invisibles los mendigos, ni los niños de la calle, ni nadie que entra a nuestro campo visual como para ignorar su existencia y simplemente no compartir, ni mostrar amor, ni comprensión.
Que hipócritas somos cuando pretendemos ignorar a las personas que están en nuestro entorno y bajamos la mirada como para borrarlos, pero ellos y ellas siguen allí, por mucho esfuerzo que hagamos para desvanecerlos.
No es invisible la familia que necesita de nuestro apoyo, ni son invisibles nuestros compañeros de trabajo.
Queremos ser tomadas en cuenta, pero olvidamos que las demás personas también existen y sienten. Nos disfrazamos de educados y magnánimos, mientras nos falta mucho trecho por recorrer.
Que atrocidad, tenemos visión perfecta y seleccionamos a quien ver y a quien ignorar así esté delante de nuestras narices.
El mundo necesita más gente honesta y sincera. Parafraseando a John Wayne "La ambigüedad no me gusta, ni confío en ella."
Abogado
crisantogleon@gmail.com
Crisanto Gregorio León
Cuando miramos algo o a alguien, somos capaces de apreciar la presencia de otros objetos o personas que están alrededor, sin necesidad de modificar la dirección inicial de la mirada. Todos estos detalles que podemos captar simultáneamente manteniendo la fijación en un punto determinado, están comprendidos en un espacio que denominamos campo visual.
La amplitud del campo visual se mide en grados y se realiza a partir del punto de fijación. Hacia el lado nasal se extiende unos 60º, hacia el lado temporal alrededor de 90º, la porción superior se extiende alrededor de 60º, y la inferior unos 70º. Estas medidas pueden sufrir modificaciones en función de las peculiaridades anatómicas de cada cual.
La sensibilidad visual es mayor en la porción central del campo visual, este punto de máxima agudeza visual se corresponde con la fóvea que es la parte del ojo que permite la visión en detalle y va disminuyendo en la medida que se aleja de ella a zonas más periféricas
Si comparamos el campo visual con una colina situada en una isla, la porción más alta se correspondería con la fóvea y al descender hacia la orilla nos acercamos a zonas más periféricas, hasta que llegamos al mar que será el límite del campo visual. Por esta razón pequeños objetos situados sobre la cima de la colina o cerca de ella, se verán con mayor nitidez, y mientras más nos alejamos de la cima, mayor deberá ser el tamaño de los objetos, para que puedan ser percibidos.
A pesar de producirse una percepción simultánea de los objetos o de las personas en ambos campos visuales, estos se verán como únicos, gracias a la perfecta superposición de las áreas correspondientes de ambas retinas, determinando la binocularidad y la estereopsis o proceso dentro de la percepción visual que lleva a la sensación de profundidad.
Habida consideración de esta sencilla explicación de campimetría, es absolutamente imposible que no veamos a las personas que están dentro de nuestro campo visual y pretendamos sentirnos orgullosos de nuestra conciencia cuando ignoramos a quienes día a día nos tropezamos en nuestro mundo.
No son invisibles los mendigos, ni los niños de la calle, ni nadie que entra a nuestro campo visual como para ignorar su existencia y simplemente no compartir, ni mostrar amor, ni comprensión.
Que hipócritas somos cuando pretendemos ignorar a las personas que están en nuestro entorno y bajamos la mirada como para borrarlos, pero ellos y ellas siguen allí, por mucho esfuerzo que hagamos para desvanecerlos.
No es invisible la familia que necesita de nuestro apoyo, ni son invisibles nuestros compañeros de trabajo.
Queremos ser tomadas en cuenta, pero olvidamos que las demás personas también existen y sienten. Nos disfrazamos de educados y magnánimos, mientras nos falta mucho trecho por recorrer.
Que atrocidad, tenemos visión perfecta y seleccionamos a quien ver y a quien ignorar así esté delante de nuestras narices.
El mundo necesita más gente honesta y sincera. Parafraseando a John Wayne "La ambigüedad no me gusta, ni confío en ella."
Abogado
crisantogleon@gmail.com
Practicando el amor de Cristo
Crisanto Gregorio León
A veces quien menos pensamos, practica en nosotros el amor de Cristo, es una fe viva, un avivamiento, la muestra más sincera y trasparente del mandamiento nuevo; que nos amemos todos como Dios nos amó.
Las personas se nos cruzan por la vida e incluso diariamente las tratamos con la misma cortesía que nos tratan y no advertimos el grande corazón espiritual que algunos y algunas guardan en su pecho y en su alma.
Nos acorazamos por tanta maldad que se manifiesta en estos tiempos, sin atender a los hombres y mujeres llenos de un corazón puro, limpio como el cristal y dulce como la miel, un corazón que quiere ser como el de Nuestro Señor Jesucristo.
Con la única motivación de ayudar, se nos presentan buenos samaritanos, gente con corazones honestos, practicando el amor de Cristo. Haciendo buenas obras con discreción, sin aspavientos, manteniendo la máxima reserva de sus gestos de bondad, gastando generalmente sus propios recursos en un esfuerzo cristiano por favorecer al prójimo.
Hay quienes sienten gran gozo en sus corazones solo con la oportunidad de ser útiles y de auxiliar a quien necesita de una mano amiga y de un brazo fraterno; y la alegría llena todo a su alrededor porque ellos son las manos de Dios.
El cordero se ofrece en holocausto para la salvación de los hombres y de las mujeres; purificando a quienes exteriorizan un corazón humanitario.
Mientras unos se niegan a mostrar un corazón misericordioso, para otros dar y socorrer es la mayor alegría, predicando con hechos la palabra de Dios.
Se pueden desprender con suave fragilidad las lágrimas que contienen la conmovedora experiencia de saberse socorrido por quienes manifestaron su profundo sentir cristiano y su confidencial sacrificio cuando realmente se necesitó de ellos.
Estamos aquí, cuenta con nosotros, no dudes en llamarnos si lo requieres; son expresiones de cristianos comprometidos.
Abogado
crisantogleon@gmail.com
Crisanto Gregorio León
A veces quien menos pensamos, practica en nosotros el amor de Cristo, es una fe viva, un avivamiento, la muestra más sincera y trasparente del mandamiento nuevo; que nos amemos todos como Dios nos amó.
Las personas se nos cruzan por la vida e incluso diariamente las tratamos con la misma cortesía que nos tratan y no advertimos el grande corazón espiritual que algunos y algunas guardan en su pecho y en su alma.
Nos acorazamos por tanta maldad que se manifiesta en estos tiempos, sin atender a los hombres y mujeres llenos de un corazón puro, limpio como el cristal y dulce como la miel, un corazón que quiere ser como el de Nuestro Señor Jesucristo.
Con la única motivación de ayudar, se nos presentan buenos samaritanos, gente con corazones honestos, practicando el amor de Cristo. Haciendo buenas obras con discreción, sin aspavientos, manteniendo la máxima reserva de sus gestos de bondad, gastando generalmente sus propios recursos en un esfuerzo cristiano por favorecer al prójimo.
Hay quienes sienten gran gozo en sus corazones solo con la oportunidad de ser útiles y de auxiliar a quien necesita de una mano amiga y de un brazo fraterno; y la alegría llena todo a su alrededor porque ellos son las manos de Dios.
El cordero se ofrece en holocausto para la salvación de los hombres y de las mujeres; purificando a quienes exteriorizan un corazón humanitario.
Mientras unos se niegan a mostrar un corazón misericordioso, para otros dar y socorrer es la mayor alegría, predicando con hechos la palabra de Dios.
Se pueden desprender con suave fragilidad las lágrimas que contienen la conmovedora experiencia de saberse socorrido por quienes manifestaron su profundo sentir cristiano y su confidencial sacrificio cuando realmente se necesitó de ellos.
Estamos aquí, cuenta con nosotros, no dudes en llamarnos si lo requieres; son expresiones de cristianos comprometidos.
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