XI
LA LIBERACIÓN
Finalmente, para el
preso, llega el
día de la
liberación. Y entonces,
el proceso verdaderamente ha
terminado.
Es decir: el día de la liberación puede llegar de seguro; pero a
condición de que se entienda
la verdadera liberación de la prisión, que es nuestra finitud, y no quiero
tampoco decir de nuestro
egoísmo, ya que basta decir de nuestro yo; la puerta está siempre abierta para
evadirse y no son necesarios
grandes esfuerzos a tal objeto; basta sentir el peso de nuestra soledad y con
él la
necesidad del otro que está próximo; cuando se siente la necesidad del otro se
termina por sentir
la necesidad de Dios. Muchos conciben a Dios como infinitamente distante y se
imaginan que es necesario
para alcanzarlo un interminable camino; pero no recuerdan la respuesta que Él a dado
a Blas Pascal: puesto que me buscas, me has encontrado ya. Dios está siempre
próximo al hombre;
lo infinito está al borde de lo finito; no es necesario más que reconocerlo, lo
que, probablemente,
en la cárcel es más fácil que fuera. Una vez reconocido, la cárcel se convierte
en un
alcázar. En este sentido, verdaderamente, la liberación está al alcance de la
mano de todo condenado.
No existen ni rejas ni guardianes que le puedan privar de liberarse. Pero no es
de esto de lo que ahora
quiero hablar. La ocasión vendrá dentro de poco.
Porque si,
por el contrario, la liberación se entiende en sentido físico, en lugar de
espiritual, su
día puede también no llegar. El pensamiento corre ahora al ergástulo, reclusión
que dura por toda
la vida: al ergastulano la puerta de la cárcel no se le abre sino para dejar
pasar su cadáver. Esto
quiere decir que para él, el proceso no tiene fin. Y puesto que la
penitenciaría es, o debería ser,
un sanatorio para recuperar las almas enfermas, la condena al ergástulo es la
declaración de que el alma de un
hombre está perdida para siempre. El tono lúgubre de estas palabras inspira un sentido
de horror; pero no para aquel a quien están dirigidas, sino para aquel que las
ha pronunciado.
La Corte de casación italiana en secciones unidas, que es la más alta expresión
de la
justicia humana en nuestro país, no solo ha negado, hace pocos meses lo
inhumano del ergástulo cuanto la
seriedad de quien ha sostenido ese carácter inhumano. Paciencia. No hay que levantarse
ni inquietarse contra este juicio. También la Casación es un juez, y como todos
los jueces,
puede equivocarse. Desgraciadamente, los jueces yerran tanto más fácilmente
cuanto más
seguros se crean de no yerran. Mientras el magisterio de la Iglesia, si con el
proceso de beatificación
declara la certeza de elevación de un santo al paraíso, no conoce un proceso dirigido a
verificar el precipicio de un réprobo al infierno, y los teólogos, temerosos de
escrutar en el corazón
de los hombres y más aún en el corazón de Dios, no osan afirmar la condena al
infierno ni
siquiera de Judas, la magistratura italiana, por la voz de su órgano más
insigne, ha declarado conforme a la
humanidad el que un hombre sea condenado para toda la vida, esto es, que la
pena de
la reclusión, como la del infierno, no tenga nunca fin. Si fuera necesario una
prueba más de la miseria del proceso,
la misma nos ha sido proporcionada.
Pero también para los reclusos no condenados al ergástulo, puede ocurrir que no llegue el día en que salgan vivos, de la prisión. Un terrible aspecto de la condena a la reclusión, aún por un período breve, es este de que nadie está seguro de no morir dentro de aquel período. Esto basta para decir que el proceso penal, el cual no cesa con la condena sino que sigue con la expiación, puede durar hasta la muerte. La eventualidad de la muerte en la cárcel es el riesgo más grave del encarcelamiento. Y no porque una interpretación benévola de la disciplina carcelaria no consienta al moribundo el último saludo de sus seres queridos, sino porque aquel morir le trunca la esperanza del retorno al consorcio humano. Esta, la esperanza de entrar de nuevo en el consorcio humano, de despojarse finalmente del horrible uniforme, de asumir de nuevo el aspecto del hombre libre, de retomar su puesto en la sociedad, es el oxígeno que alimenta al preso. Desde el momento en que ha entrado en la prisión, esta es la razón de su vida. En privarlo de ella, está lo inhumano de la condena por toda la vida. El condenado a ergástulo no tiene ni siquiera la conformación de contar los días. Y la de contar los días es la vida del preso.
Pero, desgraciadamente, en la mayor parte de los casos también este
esperar es falaz. El proceso,
sí, con la salida de la prisión está terminado. Pero la pena, no: quiero decir
el sufrimiento y el castigo.
Se puede pensar, especialmente en cuanto a las condenas de larga
duración, en las dificultades ocasionadas al liberado de la
cárcel por el cambio de las costumbres, de las relaciones
interrumpidas, de los ambientes modificados todo esto no puede dejar de
determinar una crisis, que podría también llamarse la crisis del
renacimiento. Si no fuese porque esto, sin embargo, sería poca cosa.
Por el contrario, en la mayor parte de los casos, no se trata de una
crisis. La cuestión es mucho
más grave. El preso, al salir de la prisión, cree no ser ya un preso; pero la
gente, no. Para la
gente él es siempre un preso, un encarcelado; a lo más, se dice ex-carcelado; en
esta fórmula está
la crueldad y está el engaño. La crueldad está en pensar que, tal como uno ha
sido, debe continuar siendo. La
sociedad clava a cada uno a su pasado. El rey, aun cuando según el derecho no
sea ya rey, es siempre rey; y el deudor, aun cuando haya pagado su deuda, es
siempre deudor. Este ha
robado; lo han condenado por esto; ha cumplido su pena, pero...
En ese pero, decía, está la crueldad y está el engaño. Pero podría robar
todavía: ergo, yo no
le doy trabajo. Así razona la gente. Y nada cuenta que, al razonar así, ante
todo, en lugar de razonar
se aparte de todo razonamiento; si razonase, se daría cuenta de que no ya el
futuro depende
del pasado, sino el pasado del futuro; si esto no fuese verdad, se negaría la
redención e incluso
la resurrección. La fórmula del ex resulta sacrílega precisamente por esto.
Pero los hombres,
que lo ven todo al revés, continúan estando persuadidos de que cada uno seguirá siendo
como ha sido; y no la gente vulgar solamente, sino también los hombres de gran
cultura, e incluso
aquellos que hacen profesión de cristianismo. De cualquier manera, y aunque
este fuese un razonar justo,
olvidarían ellos que, cuando se llega a un cierto punto, no basta razonar; la
razón es
necesaria; pero no es suficiente. Si no existiese más que la razón, no
existiría la caridad. La caridad,
esencialmente, es locura. Si San Francisco hubiese razonado, ¿habría nunca
besado al leproso,
con el riesgo de contraer el contagio? Ciertamente, eso de tomar a su servicio
un ex- ladrón
en el propio establecimiento o en la propia casa, es un riesgo; podría estar
pero también podría
no estar curado. ¡El riesgo de la caridad! Y la gente razonable trata de evitar
los riesgos. In dubis
abstine. Así el ex-ladrón queda sin trabajo. Llama a esta puerta;
llama a aquella otra: son todas
personas razonables las que podrían darle el modo de ganarse el pan. Estas
personas razonables
quieren quedar garantizadas; para su garantía ¿no se ha instituido el certificado penal?
¡Fuera, pues, el certificado penal! El ex-ladrón, así, está marcado en la
frente: ¿quién ha de
darle trabajo? ¡Ah las ilusiones de la cárcel, cuando se contaban ansiosamente
los días que faltaban
para la liberación! ¿El Estado? El Estado es un ser razonable también. Cuando
se trata de
proclamar los principios, especialmente en régimen de democracia, el Estado es
el primero en dar el ejemplo:
"el imputado no es considerado culpable mientras no sea condenado por
sentencia definitiva";
"Italia es una República fundada sobre el trabajo"; “La República
tutela el trabajo en todas
sus formas". Pero cuando se trata de tutelar sus intereses, también el
Estado arruga la frente.
Un empleado público está bajo la sospecha de haberse apropiado de los fondos del
erario y
es sometido a proceso penal; puede ocurrir que no sea cierto; puede también
tratarse de poca cosa;
puede ser que él se haya encontrado cargado de familia, en los tiempos que
corren, en una situación
desesperada. Puede ser, pero la ley es la ley: mientras tanto, suspendido de
empleo y sueldo
hasta la sentencia definitiva; la Constitución lo considera todavía inocente,
pero un inocente
que no tiene ya derecho a ganarse el pan. Se sigue el proceso y se le infligen
tres años de
reclusión; si este es su castigo, una vez transcurridos, debería volver a ser
aquello que era antes;
en cambio, no: el empleo queda definitivamente perdido; para él, la salida de
la cárcel es el principio en vez del
final de un calvario. Un maestro, afectado por una condena, no puede volver a trabajar como
maestro, después de haberla cumplido. Un capitán de barco, salido de la
prisión, no puede volver a
ejercer nunca su profesión. No son ejemplos inventados; los he tomado los tres,
de mi
experiencia más reciente. Por lo demás, no habría ni siquiera necesidad de
ello, porque se trata de cosas más
que sabidas por todos: ¿quién ignora que para aspirar a un empleo público, es necesario que el
certificado penal sea limpio?
Y ni siquiera se puede discutir que esta es la exigencia más razonable de este mundo. Ni que, si el Estado se comporta así, los ciudadanos no tienen razón para imitarlo. Solo, en términos de razón, igualmente se debe reconocer que esto del preso, que cuenta los días soñando en la liberación, es nada más que un sueño; serán necesarios muy pocos días después que la puerta de la prisión se haya abierto, para despertarlo. Entonces, desgraciadamente, día por día su visión del mundo se invierte: en fin de cuentas se estaba mejor en galeras. Este lento deshojarse de su ilusión; este cambio de las posiciones, este disgustarse de la que él creía ser la libertad, este retornar del pensamiento a la prisión, como a aquella que es, actualmente, su casa, se describe magníficamente en una conocida novela de Hans Fallada; pero la gente no debe creer que sean situaciones creadas por la fantasía del escritor: la invención corresponde, desgraciadamente, a la realidad.
Y tampoco aquí, debemos decirlo una vez más, se quiere protestar en
absoluto contra la realidad. Basta con conocerla. El resultado de
haberla conocido es este: la gente cree que el proceso penal termina
con la condena, y no es verdad; la gente cree que la pena termina con la salida
de la cárcel, y no es verdad; la gente cree que el ergástulo es la única pena
perpetua y no es verdad. La pena, si no propiamente siempre, en nueve de cada
diez casos, no termina nunca. Quien ha pecado está perdido. Cristo perdona, pero los hombres no.